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Archive for 24 julio 2012

Antecedentes

En el siglo XIII existió en el Languedoc un hombre llamado Barthélémy de Carcasona, mencionado en una carta escrita por el legado Conrad de Porto hacia el 9 de julio de 1223 como un hombre muy peligroso. Su vida está rodeada de un completo misterio, y no aparece mencionado en ninguna crónica ni en ningún otro lugar excepto en esa carta. Sin embargo, algunos le atribuyen la autoría de uno de los escritos más importantes del catarismo que ha logrado sobrevivir hasta nuestros días.

Se cuenta en relatos antiguos que en 1207, durante un coloquio en Montréal, el monje Domingo de Guzmán logró rescatar de las llamas un conjunto de escritos, que salieron indemnes de una ordalía. Todavía existe hoy una viga quemada en Fanjeaux que conmemora este supuesto milagro.

En 1244, cuatro hombres se libraron de las llamas de la hoguera de Montségur, descendiendo de la fortaleza por los acantilados con gran peligro de su vida, y poniendo a salvo un secreto tesoro del que nunca se supo nada más. Se conocen los nombres de tres de ellos, pero del cuarto jamás se ha sabido su nombre.

Estos tres hechos históricos son las chispas que activaron esta historia de Rémiel. Con demasiada frecuencia, el público actual lee acerca de hechos asombrosos e inexplicables y no se inmuta. Todo el mundo piensa que existe un explicación racional para ellos, pero no le preocupan. Sin embargo, para mí, estos hechos muestran claro que han ocurrido fenómenos fuera de lo común a lo largo de la historia que escapan a nuestra comprensión. Esta novela utiliza esos hechos y construye a su alrededor un relato que personalmente, me gustaría creer que fuera cierto.

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Los cátaros

Cátaros expulsados de Carcasona

Cátaros expulsados de Carcasona

Si consultamos un manual moderno sobre el tema leeremos palabras como “herejía”, “dualismo”, “consolament”, “metempsicosis”, y otras por el estilo. Palabras extrañas algunas ellas, muy relacionadas con disquisiciones teológicas. Pero, ¿realmente esas palabras nos describirían a los cátaros?

Para empezar, los cátaros (katharoi significa “puro” en griego) casi nunca se llamaban así con ese nombre. Ese era uno de los muchos nombres despectivos que les aplicaron los católicos. Ellos preferían llamarse así mismos los “Buenos Cristianos”. Y esta denominación llevaba implícita toda una explicación de cuál era en el fondo su pensamiento.

Los cátaros no fueron un movimiento renovador de la teología cristiana. A los cátaros no les preocupó nunca en exceso los planteamientos dogmáticos. Existen decenas de libros profundizando en las creencias de los cátaros, sobre todo en el manido concepto del “dualismo” cátaro, la idea de que existen dos dioses, uno del Mal y otro del Bien.

Pero, ¿fue esto la esencia del catarismo? ¿Fueron estas ideas teológicas algo diferentes a las que predicaba el catolicismo, las que le hicieron decidirse al papa Inocencio III a proclamar una cruzada contra los condados que apoyaban a estos creyentes y a provocar el asesinato en masa de miles de ellos?

La esencia del catarismo no fue ninguna idea religiosa. Su esencia fue un movimiento renovador de la Iglesia Católica, a la que, tanto los cátaros como otros grupos reformistas, denunciaron durante muchos años por sus continuos abusos y depravaciones. Es el mismo movimiento renovador que finalmente dio lugar al protestantismo y a la separación en varias iglesias del catolicismo.

Porque lo que los cátaros sobre todo predicaban era la eliminación de aquellas formas y maneras del clero católico que estaban claramente en desacuerdo con el ideal evangélico: la percepción de diezmos y de otros tributos que los sacerdotes ejercían sobre el pueblo llano; el ornato y el gasto excesivo en el que incurría la curia; la falta de ejemplo que daban los obispos con su buena vida, cuando las gentes sencillas tenían lo justo para vivir; la tiranía intelectual que ejercía el papado sobre las enseñanzas, impidiendo la libre traducción y la libre predicación; y la marginación a la que se sumía a las mujeres en el plano religioso.

Lo que la Iglesia Católica temía de los cátaros no eran sus creencias religiosas. Lo que de verdad causaba pavor en Roma era constatar que la nueva religión de los cátaros tenía un éxito arrollador entre las clases bajas y entre los laicos. El pueblo veía con agrado a estos sencillos predicadores que, vestidos de forma simple, y sin pedir nada a cambio, predicaban los valores cristianos de la pobreza, de la misericordia, y de la libertad.

Pierre Autier, un cátaro del siglo XIV, de los últimos que quedaron por esos años, expresó como nadie las diferencias que les separaban del catolicismo, explicándolo en estos términos: “En el mundo hay dos Iglesias: una huye y perdona, mientras que la otra posee y desolla. La que huye y perdona sigue el recto camino de los apóstoles; nunca miente ni engaña. Y la que posee y desolla no es otra que la iglesia de Roma…”.

Los cátaros defendían que ningún poder espiritual debía tener derecho a imponer tributos, por lo que se negaban a pagar los impuestos religiosos, y enseñaban a la gente, a su vez, a negarse a pagarlos. Para poder mantenerse, los cátaros estipulaban que todos los miembros de su iglesia debían trabajar. Ellos eran artesanos que se ganaban la vida como cualquier otro miembro de la comunidad. Los sacerdotes y obispos católicos vivían a costa de las rentas que percibían sobre el pueblo, pero los cátaros no. Los cátaros tampoco aceptaban que se prohibiera traducir los textos sagrados a otras lenguas aparte del latín, ni que para poder predicar hubiera que estar sancionado por la autoridad romana. Escribieron muchas traducciones en lengua vulgar y predicaron por pueblos con total libertad, permitiendo que cada predicador enseñara las ideas que considerara más ciertas. Establecieron unos principios de libertad de expresión y de culto que se anticiparon en muchos siglos a la Ilustración. En cuanto a las mujeres, en una época en la que lo máximo que se les permitía era acceder a la vida monacal, los cátaros las admitieron en igualdad de condiciones a los hombres, otorgándoles las mismas ceremonias de ordenación, y permitiendo que cientos de estas mujeres propagaran las enseñanzas cátaras en paridad a los hombres.

¿Por qué si no desplegó la Iglesia Católica semejante poder de destrucción enviando un ejército de cerca de cien mil hombres en el año 1209 contra las tierras del Languedoc? El peligro era patente. La Iglesia Cátara estaba creciendo a toda velocidad ante sus ojos, logrando la connivencia de los condes y de la nobleza local, que cada vez estaba más adherida a los principios cátaros de libertad e independencia religiosa.

En la Edad Media, la Iglesia Católica se había convertido, no ya en una influencia moral, sino en todo un conglomerado de poder, riqueza y autoridad. Los papas del siglo XIII se veían así mismos como los últimos y más altos soberanos sobre la Tierra, y pretendían que los emperadores y los reyes se comportaran como sus vasallos. El alcance de su dominación y el exceso de su implicación en todos y cada uno de los aspectos políticos de esta época, hicieron que muchos se preguntaran si la Iglesia Católica no había perdido el norte. Los cátaros no fueron los primeros ni los últimos, pero sin duda fueron el grupo religioso de mayor impacto de todos los grupos que durante este tiempo protestaron contra el papado. Aparentemente, la Historia nos cuenta que fracasaron, pero como varios autores ya han sugerido, las brasas humeantes del catarismo no se extinguieron nunca del todo, sino que se reavivaron más tarde, en la forma de nuevas religiones cristianas.

Porque hoy en día, aunque cueste percibirlo, muchas de las grandes conquistas modernas en el terreno de la libertad religiosa hunden sus primeras raíces en la lucha que estos famosos “cátaros” mantuvieron con el papado. Y en algunos aspectos, en pleno siglo XXI, ni siquiera una religión como es la moderna Iglesia Católica ha conseguido alcanzar ni sobrepasar los altos ideales evangélicos de estos sencillos hombres de fe que se llamaron así mismos los “Buenos Cristianos”.

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