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El dualismo en el Cristianismo

Todo el cristianismo es dualista. Como también lo es el Islamismo, o el Judaísmo. Es la eterna explicación sobre el universo basándose en una lucha entre un Bien y un Mal. Y además un Bien y un Mal que combaten en igualdad de poderes. Nunca se ha concebido por parte de estas tres grandes religiones que el Bien pudiera estar poderosamente por encima del Mal. ¿Cómo explicar entonces las injusticias del mundo? Es una ecuación que siempre se ha utilizado de la misma manera porque nunca se ha pensado en una segunda posibilidad: el bien auto-limitado.

dualismo

Pero vayamos por partes para explicar con más calma todos estos conceptos y no perder al lector.

Es muy habitual tomar un libro o una revista sobre el catarismo y leer cosas como: “Para los cátaros no había un solo dios, sino que existían dos realidades opuestas: el bien y el mal, y dos divinidades irreconciliables, Dios y Satán”.
Pero la frase es correcta excepto en su inicio. “Para los cátaros”. Es decir, los cátaros, como grupo hereje excindido del cristianismo católico, parece que por definición debía tener algo radicalmente distinto en sus creencias. Si no, ¿por qué se les consideraba herejes? La realidad es muy diferente.

Los herejes de los siglos XII y XIII eran simplemente católicos que no admitían la autoridad de los clérigos de Roma. Daba igual sus creencias particulares. Hubo muchos herejes de estos siglos que eran más católicos que los propios católicos, como los valdenses, pero de esos casi no se habla. Resultan demasiado chocantes para la típica mentalidad de “hereje = diferente”.

Los cátaros no fueron los únicos dualistas. De hecho el propio catolicismo, desde sus raíces, es dualista implícito. El catolicismo es un cúmulo de creencias contrapuestas debido a su tendencia a adoptar de aquí y de allá cultos diversos para ganar más adeptos. Del judaísmo heredó un buen número de creencias en ángeles y demonios, y por tanto, en fuerzas del bien y del mal que combaten desde épocas legendarias en una guerra un tanto inexplicable pero de gran interés para el imaginario colectivo. De otras religiones de misterio, el catolicismo heredó el culto a los héroes, convertido en culto a los santos y los mártires. Etcétera.

Los católicos, para aparentar seguir una doctrina recta y verdadera, dogmatizaron y predicaron que por encima de cualquier poder o fuerza siempre estaba Dios, pero después, no dudaron en divulgar en corrillos más cerrados acerca de la existencia del Diablo y de sus poderes, que podían lograr posesiones, malas cosechas, y todo un sinfín de desgracias. Simplemente, los católicos no eran sinceros. Eran dualistas hasta la médula, pero de forma externa, y de cara a la galería, aparentaban ser monoteístas. Admitían a un único Dios Todopoderoso, pero luego temían a un Diablo más poderoso aún.

Los cátaros fueron, simplemente, católicos con dualismo explícito. No ocultaban su dualismo, sino que lo recalcaban como cosa natural puesto que ya era algo natural para miles y miles de católicos que creían sinceramente en el enorme poder del Diablo como fuerza contrapuesta a Dios.

Hay que pensar que la mentalidad del medievo era muy económica en cuanto a la complejidad de sus aserciones. Esa economía de pensamiento era la norma general del pueblo llano. Y esa economía de pensamiento seguía la ley de que una creencia sólo era válida si explicaba la situación del mundo natural, no sólo la situación del mundo espiritual. Por tanto, en un mundo natural en el que no reinaba la paz y la justicia, ¿cómo explicar a una persona de la Edad Media que Dios era Todopoderoso? Esa creencia era una esperanza de cumplimiento, no un hecho. Se necesitaba un poder tan grande como el de Dios para contrarrestarlo y dar explicación a la existencia de la injusticia en el mundo. El catolicismo lo hacía, siempre en corrillos pequeños, aunque luego los frailes tuvieran prohibido declarar que Dios y el Diablo estaban en igualdad de poderes. Había que hacer pensar al pueblo llano que los clérigos servían a un Rey Omnipotente, porque si no, ¿qué justificación podía dar Roma de su poder? Pero luego, a la hora de explicar el mundo y su estado de caos, los frailes eran incapaces de dar una explicación racional para el pueblo llano sin el uso del elevado poder del Diablo.

Así que esto es lo que quiero decir cuando declaro que todo el cristianismo era, ha sido y es dualista. Nunca ha sido monoteísta, y probablemente nunca lo será. Seguirá siendo una fe que postula la existencia de dos poderes contrapuetos en igualdad de poder, y por tanto, de dos divinidades.

Para lograr una correcta aproximación al monoteísmo, el cristianimo sólo tiene un camino, camino que aún no ha sido iniciado por él. Debe lograr explicar el aparente fracaso de la justicia y del Bien en el mundo material. Está claro que en el mundo espiritual Dios triunfa sobre el Diablo. Él es encadenado, él es destronado, un Hijo de Dios llamado Jesús de Nazaret le derrotó al no plegarse a sus tentaciones y propuestas, pero ¿qué ocurre con el mundo material? Este mundo sigue padecencia guerras, hambrunas, devastaciones diversas siglo tras siglo sin que haya notables cambios. ¿Cómo explicar el triunfo de Dios sobre el Diablo en el mundo material?

El único camino es la auto-limitación. Dios, simplemente, tiene un poder superior al del Diablo, pero de momento, y de forma paciente, no lo despliga, no lo usa. No lo muestra. Lo auto-limita, lo tiene escondido con un propósito. No quiere imponer su autoridad de un modo autoritario, desea que sus seres inferiores aprecien su sabiduría y abracen su plan celestial, pero sin la imposición, sin la fuerza. Y el único modo es dar una sensación de fragilidad, de aparente igualdad a sus seres inferiores. Por eso hubo un Dios que se hizo hombre. Por eso lo de arriba aparenta ser igual a lo de abajo. Pero no hay, hoy por hoy, un Dios que ejerza su papel de forma Todopoderosa, aunque podría.

Visto desde este prisma, tanto católicos como cátaros acertaron a su modo en sus observaciones y sus explicaciones sobre el mundo. Cada uno aportó una parte de una verdad mayor. Pero ninguno de ambos llegó a vislumbrar de verdad lo que significa un verdadero poder monoteísta. Como les ocurrió a los judíos antes que ellos, y a los musulmanes después. Y como toda la Humanidad aún espera. Lograr comprender qué significa para el mundo un poder monoteísta Todopoderoso.

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Antecedentes

En el siglo XIII existió en el Languedoc un hombre llamado Barthélémy de Carcasona, mencionado en una carta escrita por el legado Conrad de Porto hacia el 9 de julio de 1223 como un hombre muy peligroso. Su vida está rodeada de un completo misterio, y no aparece mencionado en ninguna crónica ni en ningún otro lugar excepto en esa carta. Sin embargo, algunos le atribuyen la autoría de uno de los escritos más importantes del catarismo que ha logrado sobrevivir hasta nuestros días.

Se cuenta en relatos antiguos que en 1207, durante un coloquio en Montréal, el monje Domingo de Guzmán logró rescatar de las llamas un conjunto de escritos, que salieron indemnes de una ordalía. Todavía existe hoy una viga quemada en Fanjeaux que conmemora este supuesto milagro.

En 1244, cuatro hombres se libraron de las llamas de la hoguera de Montségur, descendiendo de la fortaleza por los acantilados con gran peligro de su vida, y poniendo a salvo un secreto tesoro del que nunca se supo nada más. Se conocen los nombres de tres de ellos, pero del cuarto jamás se ha sabido su nombre.

Estos tres hechos históricos son las chispas que activaron esta historia de Rémiel. Con demasiada frecuencia, el público actual lee acerca de hechos asombrosos e inexplicables y no se inmuta. Todo el mundo piensa que existe un explicación racional para ellos, pero no le preocupan. Sin embargo, para mí, estos hechos muestran claro que han ocurrido fenómenos fuera de lo común a lo largo de la historia que escapan a nuestra comprensión. Esta novela utiliza esos hechos y construye a su alrededor un relato que personalmente, me gustaría creer que fuera cierto.

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Los cátaros

Cátaros expulsados de Carcasona

Cátaros expulsados de Carcasona

Si consultamos un manual moderno sobre el tema leeremos palabras como “herejía”, “dualismo”, “consolament”, “metempsicosis”, y otras por el estilo. Palabras extrañas algunas ellas, muy relacionadas con disquisiciones teológicas. Pero, ¿realmente esas palabras nos describirían a los cátaros?

Para empezar, los cátaros (katharoi significa “puro” en griego) casi nunca se llamaban así con ese nombre. Ese era uno de los muchos nombres despectivos que les aplicaron los católicos. Ellos preferían llamarse así mismos los “Buenos Cristianos”. Y esta denominación llevaba implícita toda una explicación de cuál era en el fondo su pensamiento.

Los cátaros no fueron un movimiento renovador de la teología cristiana. A los cátaros no les preocupó nunca en exceso los planteamientos dogmáticos. Existen decenas de libros profundizando en las creencias de los cátaros, sobre todo en el manido concepto del “dualismo” cátaro, la idea de que existen dos dioses, uno del Mal y otro del Bien.

Pero, ¿fue esto la esencia del catarismo? ¿Fueron estas ideas teológicas algo diferentes a las que predicaba el catolicismo, las que le hicieron decidirse al papa Inocencio III a proclamar una cruzada contra los condados que apoyaban a estos creyentes y a provocar el asesinato en masa de miles de ellos?

La esencia del catarismo no fue ninguna idea religiosa. Su esencia fue un movimiento renovador de la Iglesia Católica, a la que, tanto los cátaros como otros grupos reformistas, denunciaron durante muchos años por sus continuos abusos y depravaciones. Es el mismo movimiento renovador que finalmente dio lugar al protestantismo y a la separación en varias iglesias del catolicismo.

Porque lo que los cátaros sobre todo predicaban era la eliminación de aquellas formas y maneras del clero católico que estaban claramente en desacuerdo con el ideal evangélico: la percepción de diezmos y de otros tributos que los sacerdotes ejercían sobre el pueblo llano; el ornato y el gasto excesivo en el que incurría la curia; la falta de ejemplo que daban los obispos con su buena vida, cuando las gentes sencillas tenían lo justo para vivir; la tiranía intelectual que ejercía el papado sobre las enseñanzas, impidiendo la libre traducción y la libre predicación; y la marginación a la que se sumía a las mujeres en el plano religioso.

Lo que la Iglesia Católica temía de los cátaros no eran sus creencias religiosas. Lo que de verdad causaba pavor en Roma era constatar que la nueva religión de los cátaros tenía un éxito arrollador entre las clases bajas y entre los laicos. El pueblo veía con agrado a estos sencillos predicadores que, vestidos de forma simple, y sin pedir nada a cambio, predicaban los valores cristianos de la pobreza, de la misericordia, y de la libertad.

Pierre Autier, un cátaro del siglo XIV, de los últimos que quedaron por esos años, expresó como nadie las diferencias que les separaban del catolicismo, explicándolo en estos términos: “En el mundo hay dos Iglesias: una huye y perdona, mientras que la otra posee y desolla. La que huye y perdona sigue el recto camino de los apóstoles; nunca miente ni engaña. Y la que posee y desolla no es otra que la iglesia de Roma…”.

Los cátaros defendían que ningún poder espiritual debía tener derecho a imponer tributos, por lo que se negaban a pagar los impuestos religiosos, y enseñaban a la gente, a su vez, a negarse a pagarlos. Para poder mantenerse, los cátaros estipulaban que todos los miembros de su iglesia debían trabajar. Ellos eran artesanos que se ganaban la vida como cualquier otro miembro de la comunidad. Los sacerdotes y obispos católicos vivían a costa de las rentas que percibían sobre el pueblo, pero los cátaros no. Los cátaros tampoco aceptaban que se prohibiera traducir los textos sagrados a otras lenguas aparte del latín, ni que para poder predicar hubiera que estar sancionado por la autoridad romana. Escribieron muchas traducciones en lengua vulgar y predicaron por pueblos con total libertad, permitiendo que cada predicador enseñara las ideas que considerara más ciertas. Establecieron unos principios de libertad de expresión y de culto que se anticiparon en muchos siglos a la Ilustración. En cuanto a las mujeres, en una época en la que lo máximo que se les permitía era acceder a la vida monacal, los cátaros las admitieron en igualdad de condiciones a los hombres, otorgándoles las mismas ceremonias de ordenación, y permitiendo que cientos de estas mujeres propagaran las enseñanzas cátaras en paridad a los hombres.

¿Por qué si no desplegó la Iglesia Católica semejante poder de destrucción enviando un ejército de cerca de cien mil hombres en el año 1209 contra las tierras del Languedoc? El peligro era patente. La Iglesia Cátara estaba creciendo a toda velocidad ante sus ojos, logrando la connivencia de los condes y de la nobleza local, que cada vez estaba más adherida a los principios cátaros de libertad e independencia religiosa.

En la Edad Media, la Iglesia Católica se había convertido, no ya en una influencia moral, sino en todo un conglomerado de poder, riqueza y autoridad. Los papas del siglo XIII se veían así mismos como los últimos y más altos soberanos sobre la Tierra, y pretendían que los emperadores y los reyes se comportaran como sus vasallos. El alcance de su dominación y el exceso de su implicación en todos y cada uno de los aspectos políticos de esta época, hicieron que muchos se preguntaran si la Iglesia Católica no había perdido el norte. Los cátaros no fueron los primeros ni los últimos, pero sin duda fueron el grupo religioso de mayor impacto de todos los grupos que durante este tiempo protestaron contra el papado. Aparentemente, la Historia nos cuenta que fracasaron, pero como varios autores ya han sugerido, las brasas humeantes del catarismo no se extinguieron nunca del todo, sino que se reavivaron más tarde, en la forma de nuevas religiones cristianas.

Porque hoy en día, aunque cueste percibirlo, muchas de las grandes conquistas modernas en el terreno de la libertad religiosa hunden sus primeras raíces en la lucha que estos famosos “cátaros” mantuvieron con el papado. Y en algunos aspectos, en pleno siglo XXI, ni siquiera una religión como es la moderna Iglesia Católica ha conseguido alcanzar ni sobrepasar los altos ideales evangélicos de estos sencillos hombres de fe que se llamaron así mismos los “Buenos Cristianos”.

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