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Archive for the ‘Personajes’ Category

Quién fue (II): Arnau Amalric

La historia le ha conocido sobre todo por una frase: “Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos”. Una frase sobre la que caben pocas dudas de que la haya pronunciado. Pero fueron más sus actos que sus frases las que hablaron por él. Y este clérigo ambicioso e inmisericorde se ha ganado un puesto en el podio de los hombres más despiadados de su tiempo.

Arnau Amalric nació en Narbona y tuvo una meteórica carrera en la Iglesia, donde tras ser nombrado abad de varios de los monasterios más prestigiosos, llegó luego al más alto cargo de Cîteaux. El papa Inocencio en seguida le fichó como legado, y aunque no le concedió la púrpura cardenalicia, sí que debió asegurarle un cargo muy sustancioso, a juzgar por lo que luego ocurriría.

Corría el 12 de marzo de 1212 y el antiguo abad no dudó en nombrarse a sí mismo tanto arzobispo como duque de Narbona. Semejantes atribuciones no pasaron desapercibidas para nadie en su época. El ducado de Narbona correspondía adjudicarlo al conde de Toulouse, y el aspirante a gobernar esas tierras, el cruzado Simón de Montfort, también estaba detrás del título. ¿Y el Papa le depuso de este cargo? Al contrario, dejó la cosa estar. Sin duda porque ya antes había hechos ciertas promesas al fiel Arnau.

El esperpento que esto debió ocasionar en la época es digno de leerse en las crónicas, que no saben cómo tratar este tema. Un clérigo que adopta cargos civiles y a la vez mantiene los eclesiásticos no era algo tan raro en la Edad Media, pero de tal calibre es quizá uno de los pocos casos. El asunto derivó en un conflicto bastante peliagudo en el que el Papa finalmente tendría que intervenir para reducir la desmedida ambición del clérigo.

Quizá este fue el gran problema de Arnau Amalric. Este hombre no conocía límites a su ambición. Cuando dirigió al ejército que debía reinstaurar el catolicismo en los condados meridionales no se contentó con quitar y poner unos pocos condes y con eliminar a unos cuantos herejes, como otras acciones militares similares habían hecho en el pasado. Pasó a cuchillo a toda la población de Béziers como escarmiento, y luego no paró hasta hacer excomulgar a todos y cada uno de los condes meridionales. Sencillamente, quería echar a toda la nobleza occitana de sus tierras, y suplantarla por nobleza venida de Francia. Y hubiera tenido éxito de no ser por la enconada y fiera resistencia que encontró en el pueblo de Oc.

Arnau es el exponente más claro de ese clérigo medieval sin escrúpulos y sin humanidad para quien Dios sigue siendo un ser justiciero implacable que se congratula con la muerte de los que no comparten la fe católica. Es un claro ejemplo de la mentalidad cruel y sanguinaria de aquella época, y de las ideas fanáticas y exaltadas de un tiempo que no conocía la mesura. Pero eso no jutifica a Arnau Amalric. Hubo muchos clérigos en aquella época, y muchos no abogaron por aquellas matanzas y violencias. Arnau Amalric fue quien fue por sus actos, y de ellos tendrá que responder por sí mismo y no en base al tiempo que le tocó vivir.

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Quién fue (I): Simón de Montfort

Escudo de armas de Simón de Montfort

Escudo de armas de Simón de Montfort, aunque lo más probable es que los colores fueran invertidos, gules sobre blanco

Simón es el ejemplo de ese noble venido a menos que en la Edad Media podía medrar, en base a sus méritos militares, hasta los más altos puestos de la jerarquía gobernante. Para ello tuvo que desplegar, eso sí, una ambición desmedida y ciertas dosis de crueldad, pero aquello no era nada nuevo en un período de la Historia en el que las pasiones más encendidas y las atrocidades más salvajes estaban a la orden del día.

Nacido hacia 1160, sus padres le habían legado una parca herencia: por parte de padre, un pequeño señorío llamado Montfort, cerca de Île-de-France, y por parte de madre, un condado inglés del que nunca pudo disfrutar, el condado de Leicester, porque el rey Juan de Inglaterra se apropió de él en detrimento de Simón.

Así las cosas, si quería aumentar su hacienda, al joven Simón no le quedaba otra opción que enrolarse en alguna Cruzada para ganar el favor de sus jefes y quizá conquistar algún feudo. Con este propósito siguió a su rey Felipe en la Cuarta Cruzada. En ella dio muestras de ciertos miramientos que no tuvo más adelante. Se negó a participar en el saqueo de Zara y se embarcó a su costa, con otros caballeros franceses, hacia Tierra Santa, la cual se suponía el verdadero destino de la Cruzada. El resultado de esta aventura, sin embargo, no le reportó mucha ganancia. Regresó a sus tierras cercanas a París con muchas nuevas amistades, pero sin haber logrado un botín a destacar.

No tuvo, no obstante, que esperar mucho para enrolarse en otra guerra. En 1209 el Papa Inocencio proclama la Cruzada contra los Albigenses, y muchos nobles franceses no dudan en secundarla. Simón va allí como noble de segunda fila, detrás de poderosos señores como el duque Eudes de Borgoña, el conde Hervé de Nevers o el conde Pedro Courtenay de Auxerre y Tonnerre. Sin embargo, las reticencias de todos los grandes barones a hacerse con el control de las tierras del Languedoc le permiten a Simón aprovechar la ocasión para enmarcar su nombre en la Historia. Convertido en principio en el nuevo vizconde de Béziers y de Carcasona, unas tierras nada desdeñables, su ambición se crece hasta cotas desmedidas cuando ve la posibilidad de convertirse en dueño y señor de todo el Mediodía francés: el condado de Comminges, de Béarn, de Foix, de Toulouse, el ducado de Narbona… Todo podía caer ahora en sus manos gracias al constante apoyo de tropas enviadas por el Papa.

No es de extrañar que su actitud suscitara vivas oposiciones entre amigos y enemigos. Forzó al rey Pedro de Aragón a una guerra, aun cuando sus primeras relaciones con él habían sido cordiales, que acabó, de forma inesperada, costándole la vida al rey. Y tuvo fuertes y serias desavenencias con su jefe superior, el legado papal Arnau Amalric, que culminaron en un enfrentamiento muy serio en el que tuvo que intervenir el Papa.

Simón fue un personaje que inevitablemente, a la luz de los siglos pasados, suscita vivos rechazos. No fue querido por los occitanos, por supuesto, que vieron en él a un conquistador aprovechado que sólo buscaba someter a un pueblo que clamaba libertad. Y tampoco fue muy apreciado por sus superiores, que sólo vieron en él a un instrumento para su causa mientras les resultó útil y les fue fiel. Pero al final del día, su aportación al conflicto Albigense fue sólo un largo camino de guerra y destrucción. No fue un hombre de paz, y buscó siempre antes el conflicto que el acuerdo. Era un soldado nato, un fiero guerrero que no dudaba en lanzarse al ataque en cuanto recibía la noticia de que una de sus guarniciones estaba en peligro. Tenía gracias a ello el apoyo firme de sus caballeros, muchos de los cuales permanecieron a su lado hasta la muerte incluso en los momentos más amargos. Pero como gobernante fue un defensor de las viejas costumbres que limitaban la autoridad popular y pretendían aglutinar el control de las tierras. Es curioso ver cómo un hombre que eliminó la figura del Consulado de muchas ciudades del Languedoc tuvo un hijo, su hijo pequeño Simón, que se convirtió en el gran defensor de la formación del Parlamento inglés. Quizá no haya que sorprenderse tanto. Muchas veces los hijos buscan en su vida corregir los defectos de los padres.

El mayor defecto de Simón, sin duda, fue esa falta de sensibilidad hacia los corazones elevados de esa noble tierra que era la Occitania sureña. Pecó de muchos excesos, de demasiadas ejecuciones, hogueras, y ahorcamientos. Pecó de excesiva intervención en las costumbres de un pueblo que llevaba siglos demostrando unos usos muy diferentes a los normandos. Pero sobre todo, pecó de avaricia y de ambición, y aquel día de 25 de junio de 1218, su saca, llena hasta reventar, estalló tanto como estalló su cabeza. Había pretendido rivalizar con el rey de Francia en extensión de sus conquistas, pero no se había dado cuenta de que vivía en una época en que sólo los reyes alcanzaban tales glorias.

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