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Los cátaros en realidad nunca se llamaron así. Ese título era en realidad algo despectivo, que significaba los puros, los perfectos, porque así pretendían ser en vida, gente que alcanzara la pureza y la perfección, no fue el título que se dieron. En realidad ellos preferían llamarse los «Buenos Cristianos».

Parecería que ahora, muchos siglos después de que ellos fueran exterminados en unas horribles hogueras, cuando hablamos de sus ideas y sus costumbres, los estuviéramos encumbrando por encima de sus verdaderos méritos. Que los Buenos Cristianos del Languedoc no fueron para tanto. Que simplemente fueron una herejía más de dudosas intenciones en una época en la que muchas nuevas creencias surgieron para oponerse al catolicismo.

Parecería que por otro lado la Iglesia Católica de hoy necesita que alguien se dedique a contrapesar los méritos de su influencia en la Historia, a pesar de sus fallos y de las atrocidades que ha podido cometer. Que no convendría empañar todos sus grandes logros sólo porque se equivocara persiguiendo a estas buenas gentes del Languedoc. Y que los Buenos Cristianos estuvieran siendo elevados a una posición de mérito que no les corresponde.

Creo que el hombre y la mujer del siglo XXI, cuando descubren la horrenda historia y el atroz pasado de la Iglesia Católica, sienten tal repugnancia y tal malestar, que intentan evitar pensar que eso pasó así de verdad. Negamos los traumas del pasado, para intentar sobrellevar nuestro presente.

Pero la realidad es que todo aquello ocurrió. La Iglesia Católica ordenó la muerte de muchas personas cuyo único delito era tener una fe en un Dios distinto al católico, o vivir unas costumbres y celebrar unos ritos que no eran los impuestos por una religión que se había erigido a sí misma en la única religión permisible.

La realidad es que estos hombres y estas mujeres, que murieron tan heroicamente, sin importarles lo que les hicieran, sin amilanarse ante aquellos hombres abyectos que les condenaron, eran auténticos héroes y auténticas heroínas. Eran además los creyentes de la mejor religión que jamás ha existido sobre la Tierra.

¿Tenían errores en sus creeencias? Puede ser. ¿Qué religión no las tiene? ¿Vivían una vida demasiado extrema, demasiado ascética, demasiado excesiva en algunas de sus costumbres? ¿Qué religión no ha hecho lo mismo en algún momento?

Cuando hablamos de los cátaros hoy en día tendemos a comparar catolicismo actual con catarismo medieval, como si esa comparación pudiera traernos algo de paz, pudiera hacernos ver que a pesar de la desgracia el fin estuvo justificado. El catolicismo al final salió de su caverna medieval y se modernizó con la Reforma y con todas las novedades que poco a poco llegaron a ella, y en el siglo XXI el católico puede sentirse con un poco de orgullo y sin traumas por culpa de las terroríficas acciones que realizó su religión en el pasado.

Pero todo eso es un falso sentimiento para sentirnos mejores. Y cuando nos desembarazamos de él, es cuando podemos ver con claridad que si a esa religión de los Buenos Cristianos la hubieran dejado en paz, con gran rapidez habría suplantado al catolicismo, y hoy en día, en nuestro siglo XXI, tendríamos en el mundo una religión cristiana increíble, que podría mirar con orgullo hacia atrás a su pasado, igual que lo pudieron hacer los primeros católicos de los primeros siglos, cuando pasaron las persecuciones de Roma.

Esa religión cátara era una religión liberada, que ofrecía a los hombres y las mujeres un nuevo aliento, una nueva esperanza, y les entregaba una libertad que nunca antes se había ofrecido. No había imposiciones, no había un líder que dictaba las órdenes. No había lugares sagrados, no había idiomas sagrados, ni cultos fijos e inamovibles. No había esa marginación atroz de las mujeres.

Se puede discutir sus méritos durante años, y decir todo lo que se quiera, pero ellos, los Buenos Cristianos del Languedoc y de otras partes de la Europa medieval, eran así. Había algo en su fe, algo que quizá provenía de los remotos orígenes del cristianismo, algo puro, incontaminado, que les hacía brillar con un brillo especial.

Ahora se puede hablar de ellos relativizando todos sus méritos, y diciéndonos, para nuestro consuelo, que no fueron para tanto, que mezclaban las creencias en dos dioses en lugar de ser monoteístas, que admitían la reencarnación en cierta manera, que eran demasiado extremos llegando a una especie de suicidio cuando asumían los últimos votos. Podemos pasarnos cuanto tiempo queramos hablando de que todo eso les lastraba a un pasado o a unas ideas que parecían algo ¿superadas? por el catolicismo.

¿Qué importa hablar de un solo Padre, de la figura de un Dios que lo puede todo y lo ama todo, si luego la religión abusa del poder y destruye y se arma del miedo y del terror? ¿Puede una religión ser buena porque simplemente habla con bellas palabras? ¿Importan más las palabras porque ellas perduran? A lo mejor creemos que las palabras tienen un poder que en realidad no tienen. Quizá hemos perdido de vista que el verdadero poder está en la memoria, en lo que las palabras transmiten.

La memoria de los Buenos Cristianos es el recuerdo de unos pocos que se levantaron y dijeron «no». No vamos a permitir que el miedo conduzca nuestros pasos. No vamos a dejar que el terror y la presión nos diga qué es lo correcto, qué hay que creer y qué no. Vamos a levantarnos y a ponernos en medio de todo el mundo, y vamos a arder si es necesario para que nuestras palabras y nuestra forma de vivir se vean.

No queremos perderla de vista, no deberíamos perderla de vista, porque la memoria de los Buenos Cristianos es la memoria de una fe incomparable que sólo nuestra dependencia de un presente sin traumas nos hace relativizar para hacerlo soportable. Ellos fueron gente increíble, fuera de todo lo que se ha visto nunca en el mundo. Algún día esa memoria será rescatada como se debe, y serán encumbrados todos ellos y todas ellas donde se merecen.

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Durante este último mes he decidido retirar la novela El Predicador de la colección SB ebooks y cerrar el acuerdo que tenía con la Agencia Literaria Sandra Bruna. Me gustaría dejar constancia en este blog de mis motivaciones para hacer esto y de algunas consideraciones para el futuro.

El motivo de esta decisión no se debe en modo alguno a una desavenencia con la agencia literaria. Al contrario, respecto a la agencia Sandra Bruna sólo puedo tener buenas palabras, y en especial a Joan Bruna, un hombre muy agradable que me atendió con sumo afecto más allá de lo que cabría esperar de un agente literario hacia un escritor novel y desconocido. La agencia Sandra Bruna ha sido pionera con la colección SB ebooks, buscando una nueva manera de promocionar a los escritores noveles en un mundo literario que vive inmerso en un período de grandes cambios nada fáciles.

Desde luego ha habido cosas mejorables que resultan hasta cierto punto lógicas. Ninguna agencia literaria tiene experiencia en la actualidad en lo que significan la publicación digital y los nuevos medios de las redes sociales para promocionar escritores. Son campos tan novedosos y tan cambiantes, que ya resultan muy difíciles para una gran editorial, cuanto más para una pequeña agencia que a lo que se ha dedicado tradicionalmente es simplemente a buscar talentos y apoyarlos a través del contacto editorial, pero nunca a hacer ellos una verdadera labor editorial.

Pero todo eso no me ha decidido en absoluto a dar este paso. Mi motivación es más personal. Por una parte, ser escritor, hoy en día, excepto para el periodista que vive de escribir, es una tarea costosa que implica tiempo libre. Escribir novela histórica, además, implica un trabajo extra enorme que va mucho más allá de lo que supone escribir novela romántica o incluso fantasía. En una novela histórica hay un trabajo de documentación muy laborioso que luego el lector no sé si llega a apreciar. Para hacerse una idea, de todo el tiempo que he dedicado a mi novela, el 80% ha sido documentarme. A veces he llegado a leer un libro entero que finalmente sólo ha representado una frase en toda mi novela. Es así. Uno no sabe si va a encontrarse con algo de utilidad en el libro de un historiador hasta que lo lee.  Por lo que no queda otra que leer libros, cuantos más mejor, tomar notas, y ser muy ordenado con todo lo que se va apuntando.

Ahora mismo mi tiempo libre se ha visto reducido por docenas de ocupaciones que lo limitan. Sigo escribiendo, pero a un ritmo muy lento, así que no quiero presionarme, pero imagino que las siguientes partes de El Predicador y el resto de novelas que tengo en mente escribir, tendrán que esperar. Eso supone que quizá durante algún tiempo largo El Predicador sea una novela solitaria y sin continuación, cosa que no me gusta. Creo que el El Predicador sólo se apreciará bien cuando pueda ser leída la trilogía completa y se llegue a su final después de una larga y emocionante lectura. Por eso creo que será mejor posponer el que la novela esté accesible a un momento en que todo el texto de las tres partes esté listo.

Unido a esto está el tema de la publicación en digital. La verdad es que resulta sumamente decepcionante cómo está el panorama digital en español. Se ha ido avanzando tan despacio durante estos años en España y en los países de habla hispana, que muchísima gente ha tomado la calle del medio y se ha puesto a descargar libros digitales de forma indiscriminada. Ahora, la gente ya se ha acostumbrado a la idea de que un libro digital es algo por lo que no hay que pagar, que siempre hay alguna web de descargas donde se puede encontrar cualquier libro, y ya no hay forma de cambiar esa actitud. Yo pensé que esto sólo ocurría con libros muy caros, que no se abarataban al pasar al formato digital, o con libros que directamente las editoriales o los autores se negaban a publicar en digital. Pero la sorpresa es que mi libro, que estaba a la venta por unos míseros 4 euros, cuando tiene una extensión muy larga, me lo encontré pirata a las pocas semanas de que saliera a la venta. ¡Es el colmo! Ya no sé qué espera la gente como precio aceptable para un libro digital. Imagino que la gente espera que los libros dejen de costar dinero.

Personalmente no escribo porque quiera ganar dinero vendiendo libros. Si buscara eso habría partido en tres la primera parte de mi novela y hubiera publicado tres libros en lugar de sólo uno. Muchos autores que publican en digital están haciendo eso. Escriben libros más cortos y crean varias partes donde antes se crearía un único título. Madre mía, si Tolkien levantara la cabeza, él que tanta lata dio para que le publicaran El Señor de los Anillos como un único libro y al final no lo consiguió.

Pero si me voy a gastar unos cuantos miles de euros en divulgar mi novela para tratar de llegar a todos los lectores que pueda, entonces el dinero pasa a ser un problema. Quizá por eso me estoy planteando hacer gratuita esta primera parte de El Predicador y publicarla yo mismo sin cobrar por ella. Si la gente no quiere valorar el esfuerzo que implica escribir un libro y no van a remunerar ese coste que conlleva el tratar de que una editorial te haga caso, entonces lo mejor para obtener cierta divulgación va a ser publicarse de forma gratuita. Así yo no gasto dinero contratando agencias o haciendo marketing por Internet, y por tanto no tengo que recuperar esa inversión poniendo un precio a mi novela. Aún así, me seguirá dando pena ver que la gente no valora el esfuerzo enorme que conlleva escribir, y más aún escribir una novela histórica como es El Predicador, una novela que si algún día puedo llevar a toda su extensión se podrá comprobar que contempla no sólo innumerables localizaciones por toda la geografía humana, sino diferentes épocas históricas y multitud de personajes.

En fin, esta es la motivación que hay detrás de todos estos cambios. De momento, todos los enlaces a las tiendas online donde se podía comprar la novela van a desaparecer y sólo estarán disponibles algún día, cuando yo pueda considerar que esta obra finalmente está lista para ser publicada.

Todo el cristianismo es dualista. Como también lo es el Islamismo, o el Judaísmo. Es la eterna explicación sobre el universo basándose en una lucha entre un Bien y un Mal. Y además un Bien y un Mal que combaten en igualdad de poderes. Nunca se ha concebido por parte de estas tres grandes religiones que el Bien pudiera estar poderosamente por encima del Mal. ¿Cómo explicar entonces las injusticias del mundo? Es una ecuación que siempre se ha utilizado de la misma manera porque nunca se ha pensado en una segunda posibilidad: el bien auto-limitado.

dualismo

Pero vayamos por partes para explicar con más calma todos estos conceptos y no perder al lector.

Es muy habitual tomar un libro o una revista sobre el catarismo y leer cosas como: «Para los cátaros no había un solo dios, sino que existían dos realidades opuestas: el bien y el mal, y dos divinidades irreconciliables, Dios y Satán».
Pero la frase es correcta excepto en su inicio. «Para los cátaros». Es decir, los cátaros, como grupo hereje excindido del cristianismo católico, parece que por definición debía tener algo radicalmente distinto en sus creencias. Si no, ¿por qué se les consideraba herejes? La realidad es muy diferente.

Los herejes de los siglos XII y XIII eran simplemente católicos que no admitían la autoridad de los clérigos de Roma. Daba igual sus creencias particulares. Hubo muchos herejes de estos siglos que eran más católicos que los propios católicos, como los valdenses, pero de esos casi no se habla. Resultan demasiado chocantes para la típica mentalidad de «hereje = diferente».

Los cátaros no fueron los únicos dualistas. De hecho el propio catolicismo, desde sus raíces, es dualista implícito. El catolicismo es un cúmulo de creencias contrapuestas debido a su tendencia a adoptar de aquí y de allá cultos diversos para ganar más adeptos. Del judaísmo heredó un buen número de creencias en ángeles y demonios, y por tanto, en fuerzas del bien y del mal que combaten desde épocas legendarias en una guerra un tanto inexplicable pero de gran interés para el imaginario colectivo. De otras religiones de misterio, el catolicismo heredó el culto a los héroes, convertido en culto a los santos y los mártires. Etcétera.

Los católicos, para aparentar seguir una doctrina recta y verdadera, dogmatizaron y predicaron que por encima de cualquier poder o fuerza siempre estaba Dios, pero después, no dudaron en divulgar en corrillos más cerrados acerca de la existencia del Diablo y de sus poderes, que podían lograr posesiones, malas cosechas, y todo un sinfín de desgracias. Simplemente, los católicos no eran sinceros. Eran dualistas hasta la médula, pero de forma externa, y de cara a la galería, aparentaban ser monoteístas. Admitían a un único Dios Todopoderoso, pero luego temían a un Diablo más poderoso aún.

Los cátaros fueron, simplemente, católicos con dualismo explícito. No ocultaban su dualismo, sino que lo recalcaban como cosa natural puesto que ya era algo natural para miles y miles de católicos que creían sinceramente en el enorme poder del Diablo como fuerza contrapuesta a Dios.

Hay que pensar que la mentalidad del medievo era muy económica en cuanto a la complejidad de sus aserciones. Esa economía de pensamiento era la norma general del pueblo llano. Y esa economía de pensamiento seguía la ley de que una creencia sólo era válida si explicaba la situación del mundo natural, no sólo la situación del mundo espiritual. Por tanto, en un mundo natural en el que no reinaba la paz y la justicia, ¿cómo explicar a una persona de la Edad Media que Dios era Todopoderoso? Esa creencia era una esperanza de cumplimiento, no un hecho. Se necesitaba un poder tan grande como el de Dios para contrarrestarlo y dar explicación a la existencia de la injusticia en el mundo. El catolicismo lo hacía, siempre en corrillos pequeños, aunque luego los frailes tuvieran prohibido declarar que Dios y el Diablo estaban en igualdad de poderes. Había que hacer pensar al pueblo llano que los clérigos servían a un Rey Omnipotente, porque si no, ¿qué justificación podía dar Roma de su poder? Pero luego, a la hora de explicar el mundo y su estado de caos, los frailes eran incapaces de dar una explicación racional para el pueblo llano sin el uso del elevado poder del Diablo.

Así que esto es lo que quiero decir cuando declaro que todo el cristianismo era, ha sido y es dualista. Nunca ha sido monoteísta, y probablemente nunca lo será. Seguirá siendo una fe que postula la existencia de dos poderes contrapuetos en igualdad de poder, y por tanto, de dos divinidades.

Para lograr una correcta aproximación al monoteísmo, el cristianimo sólo tiene un camino, camino que aún no ha sido iniciado por él. Debe lograr explicar el aparente fracaso de la justicia y del Bien en el mundo material. Está claro que en el mundo espiritual Dios triunfa sobre el Diablo. Él es encadenado, él es destronado, un Hijo de Dios llamado Jesús de Nazaret le derrotó al no plegarse a sus tentaciones y propuestas, pero ¿qué ocurre con el mundo material? Este mundo sigue padecencia guerras, hambrunas, devastaciones diversas siglo tras siglo sin que haya notables cambios. ¿Cómo explicar el triunfo de Dios sobre el Diablo en el mundo material?

El único camino es la auto-limitación. Dios, simplemente, tiene un poder superior al del Diablo, pero de momento, y de forma paciente, no lo despliga, no lo usa. No lo muestra. Lo auto-limita, lo tiene escondido con un propósito. No quiere imponer su autoridad de un modo autoritario, desea que sus seres inferiores aprecien su sabiduría y abracen su plan celestial, pero sin la imposición, sin la fuerza. Y el único modo es dar una sensación de fragilidad, de aparente igualdad a sus seres inferiores. Por eso hubo un Dios que se hizo hombre. Por eso lo de arriba aparenta ser igual a lo de abajo. Pero no hay, hoy por hoy, un Dios que ejerza su papel de forma Todopoderosa, aunque podría.

Visto desde este prisma, tanto católicos como cátaros acertaron a su modo en sus observaciones y sus explicaciones sobre el mundo. Cada uno aportó una parte de una verdad mayor. Pero ninguno de ambos llegó a vislumbrar de verdad lo que significa un verdadero poder monoteísta. Como les ocurrió a los judíos antes que ellos, y a los musulmanes después. Y como toda la Humanidad aún espera. Lograr comprender qué significa para el mundo un poder monoteísta Todopoderoso.

Radio

Mi buena amiga Ainhoa Sagarribai ha tenido la gentileza de entrevistarme para el programa «El sendero de las letras», de Dime Radio, en Santander. Desde aquí le mando todo mi agradecimiento y un fuerte abrazo. Ainhoa no sólo es una magnífica escritora sino que además se dedica admirablemente bien a difundir las Letras. ¡Felicidades, Ainhoa, y gracias de nuevo!

Enlace a Dime Radio: http://www.microfonodecantabria.com/DIME_RADIO.php

Enlace a la entrevista: http://www.ivoox.com/jan-herca-audios-mp3_rf_3784164_1.html

«Carcasona era un ciudad regia y señorial. Rodeada de una gruesa muralla y elevada toda ella sobre una colina, se divisaba desde lejos en medio de los interminables campos de viñedo. No era una colina tan elevada como la de Béziers, pero era lo suficiente como para permitirla adoptar una mirada altiva sobre los contornos. Rodeándola en todo su perímetro, un amplio foso seco, atravesado por varios puentes levadizos, era su mejor protección. En los torreones ondeaban los estandartes del vizconde, dorados y con plateadas bandas de armiños.»

Carcasona era la capital del vizcondado de los Trencavel, el Carcasés. Una familia de orgullosos nobles que habían tenido sus más y sus menos con los condes de Toulouse, pero que a principios del siglo XIII eran firmes aliados de ellos. No en vano, el joven Raymond Roger Trencavel, el vizconde en ese momento, era sobrino de Raimundo de Toulouse.
Los lazos familiares, sin embargo, no fueron suficientes para unirlos contra la terrible cruzada que se abatió sobre ellos. Cuando el conde Raimundo vio llegar en 1209 a aquella formidable hueste que se formó bajo el mando del abad Arnau Amalric, el noble tolosano no lo pensó ni un instante y se avino a un acuerdo y a recibir una humillación pública, dejando que toda la culpabilidad hereje recayera en su sobrino.

La ciudadela de Carcasona, Patrimonio de la Humanidad por la Unesco

Carcasona es una de esas pocas excepciones de ciudades medievales que han sobrevivido a la destrucción y el paso del tiempo. Se encuentra en perfecto estado de conservación y dispone de unas murallas únicas en el mundo. No es de extrañar que se hayan rodado allí muchas películas ambientadas en época medieval.
Las murallas actuales de la villa y esos tejados de pizarra que tienen sus torres no eran las mismas que existieron a principios del siglo XIII excepto en algún tramo, pero permiten hacerse una idea muy exacta de cómo fue la ciudad antes de su primera gran remodelación.

Contaba con dos burgos amurallados, uno al norte y otro al sur, además de otro burgo no amurallado al oeste, cerca del río Aude, que rodeaba la ciudad por la zona occidental. La segunda zona de murallas que hoy se aprecia en la ciudad no existía en el momento de estos primeros compases del siglo XIII. A pesar de todo, la ciudad era un verdadero fortín que con acertada decisión no dudó en desafiar a la cruzada y plantear resistir su asedio.

Milo y Rémy, nuestros protagonistas, tuvieron allí una nueva oportunidad de hacer frente a las tropas cruzadas. En ese momento la ciudad estaba a rebosar de nobles y caballeros que habían acudido con todos sus hombres en ayuda de Trencavel, dispuestos a hacer frente al invasor. ¿Lograrían parar su avance doblegando a los cruzados a un acuerdo o al deshonroso abandono del asedio? Si quieres conocer cuál fue el desenlace de este enfrentamiento épico, no lo dudes y lánzate a la leer «El predicador».

Plano de Carcasona

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